Los machos de león se encuentran entre los mamíferos más activos sexualmente. Se sabe que en cautividad pueden llegar a montar a tigresas. El ligre resultante sobrepasa a menudo los tres metros y medio de longitud y dobla en peso a sus padres, haciendo que éstos parezcan lindos gatitos. Por el contrario, si se cruza un tigre con una leona, el tigón resultante es considerablemente más pequeño. ¿Qué es lo que hace que los ligres sean tan grandes y los tigones tan pequeños? Si un tigre y un león se cruzan, ¿por qué debería importar quien es el papá y quién la mamá? ¿No aprendimos en las clases de biología que la contribución genética de ambos progenitores era igual? Podemos encontrar efectos similares cuando se cruza un caballo con un burro. La mula resultante de un cruce entre una yegua y un burro es visiblemente diferente de la mula nacida de una burra y un caballo. Está claro que los padres pueden tener influencias diferentes en cómo funcionan los genes.

El dogma de la era genética está atravesando una silenciosa revolución. Estamos empezando a pensar menos en términos de secuencias de genes y más en términos de cómo se comportan estos genes en el contexto de su ambiente. Bryan Turner (University of Birmingham, RU) cree que el genoma es un poco como un disco. No lo oímos todo al mismo tiempo. Los controles del aparato de música nos permiten escuchar distintas canciones, y subir el volumen a nuestra conveniencia. A medida que nos desarrollamos, partes selectas del genoma (los genes) son interpretadas a diferente volumen en respuesta a claves ambientales. Cuando se producen espermatozoides y óvulos, los controles del volumen vuelven a su valor inicial. Cuando las células sexuales se fusionan y dos genomas se convierten en uno, se produce una gran reprogramación en el óvulo, en cuyo núcleo fertilizado se empaquetan dos metros de ADN en un minúsculo reino de tan solo unas pocas millonésimas de metro de ancho.